Bio

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Al sentarme frente a la página en blanco –la célebre, por temida, página en blanco de los escritores- para redactar mi biografía, comprendo lo difícil que es describirse a uno mismo sin caer en una aburrida serie de hechos o en una exagerada ponderación de los mismos. Porque, al fin y al cabo, una biografía es eso: una exposición de tus principales vivencias, de tus recuerdos más marcados.

Siendo así, podría comenzar diciendo que nací en Bilbao y, copiando a Miguel de Unamuno, añadir que no tengo noticia intuitiva y directa del acto más importante de mi vida y que para creerlo tengo que apoyarme en testimonio ajeno. Tras esto, continuaría diciendo que mis primeros años en este planeta y en la familia que tuvo a bien darme la existencia fueron placenteros, felices, cargados de recuerdos que hoy me hacen sonreír con ternura. Esos años de mi infancia estuvieron cuajados de sensaciones: el tacto de la arena de la playa en los pies desnudos, el olor de la tortilla de patatas con pimientos verdes, el sabor del chocolate, la nerviosa ilusión del primer día de clase, el alborozo previo a la apertura de los regalos en Navidad… Pero un día llegó una sensación a la que no supe identificar. Lo recuerdo perfectamente. Sucedió una tarde, la tarde en que por primera vez atravesé las puertas del Conservatorio de Música de Bilbao. En aquel momento experimenté un extraño vacío en el estómago, una especie de vértigo dulce. Me sentí inmerso en un universo imponente e inmenso.

Sentí, de alguna manera, que estaba en una casa no conocida, pero sí intuida. Y ese algo indefinible que me invadió como una ola gigantesca despertó lágrimas en mis ojos, y yo me dejé llorar, sin saber por qué. Tenía nueve años.

A partir de aquel día, los estudios de guitarra, piano y armonía –entre otros- que se suponía debían ser complemento de mis estudios docentes, se convirtieron en lo más importante de mi vida, y todas las horas dedicadas a ellos se me antojaban pocas . Me recuerdo observando sin pestañear los movimientos de las manos de mi profesor de guitarra sobre los trastes y las cuerdas, intentando averiguar la fórmula para hacer brotar, de repente, ese acorde que hacía vibrar el alma. En esas clases hubo instantes en los que experimenté de nuevo esa sensación a la que no sabía poner nombre: mis primeras notas en el piano, mi primera lectura en un pentagrama, el logro de un acorde casi imposible… el recibir, años después, las calificaciones de la prueba de grado medio en la especialidad de clásico y comprobar que eran muy altas. También gané mi primer concurso a la mejor composición. En ese momento, tal vez por primera vez, me consideré músico. Tenía catorce años.

A partir de ahí intenté abarcar más campos dentro de la música y, al igual que un explorador que se interna en la nueva ruta de un territorio familiar, me inicié en el aprendizaje de la guitarra eléctrica. Más tarde, dediqué tres años a estudiar armonía moderna y jazz.

Mi ilusión, aparte del placer de aprender cada día un poco más, consistía en poder dedicarme en un futuro a la música de manera plena. Sentía y veía la música en cada acto de mi vida, desde el simple caminar hasta la contemplación del mar. Mi concepción de ella no se limitaba a un bloque separado y distante de las demás artes, sino que la vivía en íntima relación con cualquier otro elemento. Por ello, me decidí a estudiar producción audiovisual en Donosti, en la Escuela de Cine y Vídeo, a lo que siguió una diplomatura de sonido en la escuela Mr. Jam de Bilbao. Puede parecer que a esas alturas de mi aprendizaje, superadas ya las primeras impresiones, aquella sensación que en su día no supe describir estaría ya relegada al recuerdo, pero no era así. El día que tuve ante mí al gran Pat Metheny, mi corazón se vio invadido una vez más por aquella avalancha de sentimientos que me dejaban sin habla y que llenaban mi pecho de anhelos febriles que me impulsaban a saltar, a cantar, a gritar de alegría, cosas que, por supuesto, sólo hice en mi interior. En posteriores clinics y seminarios aprendí de John Scofield, de Robben Ford, Bill Evans, Pedro Andrea, David Palau… He de confesar que hubo un momento de vértigo en esa carrera mía, y fue cuando tuve la sensación de que a medida que más conocía de la música ésta se hacía más enorme y por lo tanto inabarcable, algo así como una cima descomunal a la que asciendes creyendo la más elevada del mundo y que a punto de coronar descubres tras ella una más alta y, tras ésta, otra más alta aún, y así en una sucesión interminable. Entonces comprendí que el triunfo se encontraba en saber cada día un poquito más, y la felicidad en comprobar que el camino de la música no tenía fin y que por lo tanto podría caminar por él toda mi vida sin perder jamás la ilusión.

Y así, del mismo modo que la música se hacía más grande conforme adquiría conocimientos, mi campo de aprendizaje también ampliaba su radio, y <<salí de mi valle>> para volar a Londres y cursar estudios de Music Production & Business en la Academy of Contemporary Music de Londres (ACM).

Si digo que el alumno de entonces es hoy profesor, puede sonar a toda una vida de estudio y de trabajo, a frase escrita por alguien de pelo cano, arrugas incipientes y mirada cansada, pero no es así. Soy aún joven, muy joven, y espero algún día ser esa persona de pelo cano y mirada cansada, pero hasta entonces aún me quedan muchos años por vivir por, para y de la música y de disfrutar de ella.

Hoy en día imparto clases, trabajo con músicos, realizo trabajos audiovisuales, soy socio fundador de una empresa de lo más creativa posible, ganado dos premios internacionales a la mejor banda sonora… pero para no alargarme en esta biografía, atípica biografía me temo, esos detalles os los enumero en un apartado a pie de estas líneas. Prefiero poner punto final a esta sección diciendo que soy feliz, inmensamente feliz, por haber descubierto en aquella afición infantil una pasión inextinguible y por haber sido capaz de alcanzar el sueño de poder dedicarme a ella como yo anhelaba: a tiempo completo.

Ah, se me olvidaba. Al fin pude identificar y describir aquel sentimiento que no acertaba a bautizar: emoción.

Jagoba Ormaetxea

P.D. Biografía creada por el magnífico escritor y mago de la palabra, Jose Luis Urrutia. Muchísimas gracias, amigo. http://www.joseluisurrutia.com/